viernes, 26 de octubre de 2012

Educar


En los tiempos que corren, en que el Gobierno utiliza la Reforma Educativa como adorno de su programa electoral, o la Oposición se vale de ella como campaña antigubernamental, no tengo más remedio que decirle al Mundo: “Pare, que yo me bajo en la próxima…”.

Me da la impresión de que nos hemos olvidado de lo que significa EDUCAR. Hablamos de maestro, como lo hacemos de cartero, panadero o ministro… como otra profesión. Pero a veces nos olvidamos de lo más importante: de nuestras aulas salen maestros, carteros, panaderos y ministros.

El cartero entrega la carta que se escribió hace dos días, el panadero hornea por la mañana el pan que cenaremos, pero nosotros creamos futuro, y veremos el fruto de nuestro trabajo a muy largo plazo (aunque es verdad que los resultados a corto a veces también se logran, y cómo nos satisfacen).

Ser maestro es mucho más que encontrar en tu nómina escrito “MAESTRO”; supone ser el espejo en el que se mira cada mañana el futuro, en forma de no sé cuántos alumnos. Supone descubrirle cosas que no están escritas en libros, que no van a encontrar en Internet, que no se muestran en la tele.

Supone que seamos nosotros los que aprendamos de ellos tanto como ellos lo hacen de nosotros. El verdadero maestro es tan alumno como ellos y, cada día que cierra el aula, llega a casa con nuevas historias en los bolsillos, con nuevas vivencias, con nuevos conocimientos que por la mañana no podía ni imaginar.

El secreto de la educación radica en conseguir que los alumnos demanden al maestro lo que él quiere que demanden. En conducirlos por los caminos de la curiosidad que llevan a la necesidad del conocimiento. Quizá esa sea la meta que todos debiéramos proponernos cada mañana al levantarnos.

Así que, de momento, no pare que sigo hasta la última estación.

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