Apareciste como una coma,
silenciosa, pero rápida,
y enseguida te instalaste en mi oratio.
Llegaron entonces los besos
y los gustos suspensivos;
Tus acentos y mis verbos.
Punto y coma;
Y todo se hizo más grande;
vinieron a vivir con nosotros,
sin quererlo,
como siempre,
los malditos pronombres posesivos:
Mío tuyo suyo...
Personales...
yo, tú el...
Y por fin,
y por desgracia,
se abrazaron a nosotros
y no demostraron nada:
Aquél y aquella,
éste y aquella,
ése y aquella....
Un millón de exclamaciones,
un millón de interrogantes,
y aunque muy previsible,
nos hizo el amor
el punto y aparte.
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