Después de pasar toda la tarde del domingo hablando de cuentos, esta mañana no he podido evitar acordarme de Monterroso. Y de su dinosaurio, que al despertar aún seguía allí.
Y no, no me he acordado por los cuentos, ni por el dinosaurio, sino porque ella también seguía ahí.
Habían pasado ocho años desde el último día que me desperté a su lado... y ahora es el momento de decir, "parece que fue ayer", pero no... parecía que habían pasado ocho años...
Ni ella era ella, ni yo ya era yo, pero ella era ella y yo más yo que nunca.
Y no sé si la Ella de antes y el yo de ahora se abrazaban, o la Ella de ahora y el YO QUÉ SÉ DE CUÁNDO se comían a besos... y los besos dolían y curaban, y volvían a doler.
Y de repente, a las 7:31 exactamente, tu despertador (me cansé de hablar de ti en tercera persona) acabó de golpe con toda la magia. Y camino del colegio me ha jodido muchísimo pensar que volvieran a pasar ocho años hasta que volviera a escuchar tu alarma...
Así, que después de una mañana de lunes leyendo cuentos a los niños en el cole, no he podido evitar acordarme de Monterroso. Y de su dinosaurio, que al despertar aún seguía allí... Lo malo (o lo bueno) del cuento de Monterroso es que puedo leerlo cada mañana y el dinosaurio siempre seguirá ahí... a ti, en cambio, creo (sé) que voy a echarte mucho de menos...