Alguien me contó alguna vez que la tristeza y la soledad hay que
saber disfrutarlas. Saborearlas igual que se saborea cada segundo de
felicidad y extraer de ella todo el jugo que te puede aportar. Yo he
estado intentando hacerlo durante mucho tiempo, pero a veces, como
cuando aparece la almendra amarga, amanece un día en el que el paladar
se despierta atrofiado. Y esa atrofia se expande a todos tus órganos y
sentidos, excepto al corazón que palpita, cualquiera sabe por qué
extraña razón, mucho más rápido que el día anterior. Es entonces cuando
todo pierde sentido…
Esos días el ruido del polvo cayendo
sobre cada mueble de tu salón genera un ruido ensordecedor, que te
destroza los tímpanos, que se repite en forma de eco dentro de tu
cabeza. Molesta la luz, y la oscuridad, el silencio y el sonido. Molesta
si tú, que estás leyendo esto, estás cerca y más molesta si estás
lejos.
El teléfono suena y molesta, pero cómo duele cuando no suena…
Esos
días, ese bicho que se estrella contra el parabrisas del coche duele,
duele más que ningún otro. En la muerte de ese insecto te ves siempre
algo reflejado. La tristeza se acumula y explota en forma de mosquito
casi contra tus ojos, y tus sentimientos se esparcen por la luna, la del
coche, claro…
Son simplemente “días de esos” a los que llaman “días de esos”…
Pues
eso… que alguien me dijo que había que saborear la tristeza… pero yo
tengo la sensación de que esta vez es la tristeza la que me está
saboreando a mí, engulléndome a bocados, lametones y mordiscos que son
demasiado pequeños para doler, pero que dejan un vacío que no puede ser
llenado con nada, ni siquiera con una almendra amarga…
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