martes, 18 de septiembre de 2012

Un día de esos...

Alguien me contó alguna vez que la tristeza y la soledad hay que saber disfrutarlas. Saborearlas igual que se saborea cada segundo de felicidad y extraer de ella todo el jugo que te puede aportar. Yo he estado intentando hacerlo durante mucho tiempo, pero a veces, como cuando aparece la almendra amarga, amanece un día en el que el paladar se despierta atrofiado. Y esa atrofia se expande a todos tus órganos y sentidos, excepto al corazón que palpita, cualquiera sabe por qué extraña razón, mucho más rápido que el día anterior. Es entonces cuando todo pierde sentido…


Esos días el ruido del polvo cayendo sobre cada mueble de tu salón genera un ruido ensordecedor, que te destroza los tímpanos, que se repite en forma de eco dentro de tu cabeza. Molesta la luz, y la oscuridad, el silencio y el sonido. Molesta si tú, que estás leyendo esto, estás cerca y más molesta si estás lejos.


El teléfono suena y molesta, pero cómo duele cuando no suena…


Esos días, ese bicho que se estrella contra el parabrisas del coche duele, duele más que ningún otro. En la muerte de ese insecto te ves siempre algo reflejado. La tristeza se acumula y explota en forma de mosquito casi contra tus ojos, y tus sentimientos se esparcen por la luna, la del coche, claro…


Son simplemente “días de esos” a los que llaman “días de esos”…


Pues eso… que alguien me dijo que había que saborear la tristeza… pero yo tengo la sensación de que esta vez es la tristeza la que me está saboreando a mí, engulléndome a bocados, lametones y mordiscos que son demasiado pequeños para doler, pero que dejan un vacío que no puede ser llenado con nada, ni siquiera con una almendra amarga…

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